La Nueva Vecina



No había forma de dejar de mirarla, especialmente cuando caminaba.  Esas piernas tan bien formadas que casi nunca terminaban se descolgaban simétricamente de sus sensuales nalgas.  Los ojos eran tan profundos, que si los mirabas directamente podrías ver sus pensamientos, hasta los más íntimos.
Tan solo pensar en el roce de sus labios te podía llevar al borde del estaxis, sin pasaje de retorno. Perdido en el delirio de su cuerpo. Al parecer, el movimiento de sus caderas podía paralizaba la ciudad entera con solo clavar la mirada en ella.  El encanto estaba en su  movimiento de contoneo, o en el dulce aroma de seducción que emanaba  por cada uno de los cuatro lados de su escultural cuerpo.


Su color favorito era el rojo.  ¡Oh Señor! Había que ver como le quedaba aquel vestido,  de un rojo intenso, que escandalosamente te incitaba al pecado, sin poder evitarlo.  La sonrisa de su cara tan  espontánea precisaba la inocencia  de cualquier colegiala inexperta, pero todo en su esbelto cuerpo te decía lo contrario, dirigiendo tus pensamientos sin remediarlo a escenarios imaginarios.
 La caída de sus cabellos era una liviana insinuación a perderse en el deseo irresistible de disfrutarla una y otra vez. Sus altozanos  pechos eran como volcanes en erupción,  donde  por intentar acariciarlos tan solo por un segundos merecía la pena arder el llamas fulminado y arrastrado por la lava.
Todos deseaban a aquella mujer los hombres la tenían en el pensamiento a todas horas y seguro que también alguna mujer.
Otras la odiaban por producir una reacción en sus maridos que ellas no podían conseguir y ver que las miradas de sus cónyuges se desviaban a su paso.
En la tienda de ultramarinos de la esquina de la calle mayor, el tendero y dueño de la misma cada mañana a las nueve empunto con rigor, ponía sus pies en el portal a pesar de las protestas de su señora, solo para ver a la chica de rojo pasar y darle graciosamente los buenos días, mientras esperaba con suma ilusión la sonrisa de la joven.
El conductor del autobús que regular mente cada media hora llegaba a la parada, la veía venir de lejos por el espejo retrovisor, observaba como caminaba por la cera, mientras su boca se entreabría y dejaba caer sobre su mejilla pequeño reguero de baba, para después seguir su espalda desde la luna frontal del autobús mientras poco apoco emprendía la marca incorporándose al trafico.
Mientras la diosa  y descomunal  muchacha, diariamente hacia el recorrido desde su portal a la pequeña boutique situada cuatro manzanas mas abajo del lugar donde vivía, con su sensual paso, con su contoneo excitante provocando el cotilleo de la vecindad que estaba alterada des de su inminente llegada a aquella barriada.
Todos hablaban de ella todos querían saber, de donde venia de donde iba con quien hablaba donde trabajaba, si tenia novio, marido, todo eran preguntas comentarios dimes y diretes entre la vecindad.
El zapatero de la esquina de su calle, un señor mayor (de 69 años) con una obesidad casi mórbida y con una alopecia bastante importante, vivía en los últimos tiempos con una excitación atroz debido a la obsesión por contemplar diariamente a la “Giovane ragazza in rosso” como la llamaba, por su descendencia italoispana; diariamente sacaba su silla a la puerta de su pequeño comercio y con su parsimonia habitual se sentaba a trabajar en el recosido, parcheado y martillado de zapatos, mientras no quitaba el ojo de la portería de la misma acera tres fincas mas arriba por donde debía aparecer la ragazza.
En cuanto la chica de rojo aparecía  por la portería, su corazón castigado por el espesor de su sangre debido al exceso habitual de colesterol, forzaba al máximo su latido para bombear sangre a todo su cuerpo, del cual empezaba a manar una característica sudoración de los individuos que padecen de sobre peso; se levantaba sin quitar la vista del cuerpo que se acercaba y con las manos arreglaba sus pocos cabellos poniéndolos el  mejor orden posible mientras estiraba las arrugas de su pantalón con el hándicap de casi no llegar con las manos a toda la pierna por su grosor, la vista clavada en las piernas, aquellas piernas con sus medias de seda negra calada que le daban el punto sensual en contraste con el vestido rojo que la chica lucia de forma espectacular.
Ella, salía de su portal, hacia el recorrido por la acera mientras sacaba una pitillera de su bolso y se paraba unos metros antes de llegar a su altura para encenderlo y apretarlo con sus labios mientras aspiraba la primera bocanada de humo reteniéndola un instante para soltarla después juntando sus sensuales labios de un rojo intenso, por los manaba el humo;  se sabia observada y su sensualidad brotaba por los cuatro costados mientras en su puerta el zapatero intentaba cortar una rosa roja de la jardinera que adornaba el pequeño balcón sito al lado de la puerta del comercio para luego esconderla detrás de su cuerpo mientras la miraba la exploraba centímetro a centímetro asta la llegaba a su altura mientras recordaba la frase aprendida y repasada la noche anterior con la que impresionar a la muchacha: Buongiorno signora, giovane, prendi questa rosa rossa che si annulla la tua bellezza”( Buenos dias señorita,  tome esta rosa roja a la que usted anula con su belleza) pero cuando tendria que pronuciar las palabras y darle la flor se producia una inmobilización total de su cuerpo que no le permitia reaccionar y que lo dejaba petrificado, mientras ella se alejaba calle abajo.
El pobre e infeliz zapatero solo podia esperar que  con los minutos la paralización desapareciese y sus constantes recuperasen la normalidad para sentarse en su silla y seguir su trabajo mientras esperaba un nuevo dia para volver a intenearlo de nuevo.
Pasaron los dias, las semanas, y el hombre no podia cumplir sus deseos, todas las noches se decia asi mismo mañana, mañana no dejare de hacerlo, de mañana no pasara.
Aquel viernes de primavera el señor zapatero se levanto temprano mas de lo habitual, abrió la puerta de su comercio y saco su pequeña silla dejándola cerca de la pared junto a la puerta, para ser la ocho de la mañana hacia bastante calor y el sol empezaba a bañar la fachada, entro en la el local y preparo la faena con su habitual tranquilidad, miro su reloj era la hora, una sensación de excitación recorrió su cuerpo, sintió la agitación de su respiración como su sien se hinchaba  por la presión de la sangre en la vena temporal; cogió una tijera de su pequeña caja de herramientas de madera y salió a la calle para cortar y  preparar la rosa como cada mañana sin dejar de mirar la puerta por donde saldría la ragazza, mientras  se decía que de hoy no pasaría buscaría valor de donde fuese, pero lo haría ; de momento el tiempo se detuvo para el, la vio salir del portal mientras cogía su bolso para sacar la pitillera y coger un cigarrillo que como de costumbre encendió, el no dejo de mirarla el calor subía por su cuerpo, los jadeos de la respiración se intensificaban , ella liberó el humo de su interior y espontáneamente se paro a la altura del zapatero para reclinarse mientras cogía con las manos la liga de su pierna derecha y la estiraba ajustando la arruga de su media, con lo que el vestido levanto dejando a la vista una parte importante de sus muslo; el trago saliva la cabeza la estallaba, soltó la rosa roja que disperso sus pétalos al estrellarse contra el suelo, la vista se fue apagando con un fundido a negro mientras el rojo de ella desaparecía y apenas pudo oír una voz que decía: señor, señor…  

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