Saber Escuchar



Hace algunos días, me encontraba en un bar de cañas disfrutando de una cerveza fría en su placida terraza, gozando del poco fresquito que corre últimamente por estos parajes, cuando en una mesa contigua  a mi placida situación  se encontraban cinco señores que al parecer y por la conversación debían de ser amigos que disfrutaban de una tarde de liberación familiar, y dada la cercanía pude divisar y escuchar la tertulia que mantenían;  de todos me empezó a llamar la atención el señor de la camisa blanca, con barba de tres días y pelo largo que conversaba  con un entusiasmo fuera de lo habitual defendía  una noticia política de total actualidad, con un desenfreno del verbo que se dejaba notar en el lugar y que se diría que le iba la vida en ello.
A su lado otro señor con polo azul de marca y gafas sobre la cabeza, con similar ímpetu narrador exponía su opinión acerca de lo que exponía su interlocutor y al mismo tiempo que él.
En frente el que parecía más joven de todos pero con menos pelo, Interrumpía constantemente la charla de sus agitados compañeros, al tiempo que reafirmaba sus argumentos expresivos, por supuesto para  el de los más interesantes.
A la derecha de este, y entre él y los dos anteriores, se encontraba el que parecía más atlético con delgada figura piernas cruzadas, pantalón corto y camiseta deportiva que destacaba por su voz más fina y por sus comentarios mas irónicos, siempre expuestos por encima de alguno de los otros oradores, intervenía expresando su opinión por lo vacío y poco contractado de la opinión del  corrillo, al tiempo que señalaba los puntos más significativos de su experiencia en el temal.
El ultimo del círculo tertuliano, el que parecía más maduro por su aspecto y más tranquilo por no hacer tantos aspavientos como los demás, pero no por ello con menos entusiasmo, dejaba sus mensajes en la anarquía de la conversación, intentando ser escuchado.
Luego llego otro compañero el cual portaba un carito silla con un niño de unos dos años, que no paraba de llorar y retorcerse intentando escapar de la prisión  que le su ponía estar sentado en la silla contantemente, el recién llegado, al parecer su padre ni le prestaba atención, saludo sin separar ni un instante el smartphone  de su oído derecho y sin ni tan siquiera entrar ni prestar la mas mínima atención ni al niño ni a la conversación de los compañeros, tal vino tal, se marchó.
Esto  me arrastro a contemplar una situación que se nos presenta muy a menudo en la actualidad y en la que yo mismo participo y es que en la sociedad actual que bien podría llamarse “sociedad de la comunicación” por las facilidades que tenemos para ello, sin darnos cuenta nos incapacitamos para escuchar solo por el mero hecho de constatar que nos expresamos y sabemos más que nadie de nuestro alrededor, por defender nuestra razón sin dar tiempo a “escuchar” las que nos exponen los demás.
Y esto se ve muy a menudo en los medios de comunicación en tertulias y programas de debate en los que los tertulianos son incapaces de dejar terminar la exposición del contertuliano sin interrumpirlo para imponer su razón, produciéndose el caos en la moderación.


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