Al Final



Corría una ligera brisa una brisa casi pegajosa cargada de una gran humedad que después del calor sofocante y la reciente tormenta dejo la arena mojada, era de agradecer.
Era una tarde cualquiera, de un mes de octubre de cualquier año, la fecha no importaba, el caminaba con sus pies descalzos, disfrutando de la relajación que le proporcionaba un paseo al atardecer, sintiendo el frescor de la húmeda arena de aquella playa en sus pies, mientras, portaba sus zapatos  en la mano izquierda y en su derecha, su compañero inseparable en los últimos tiempos, su bastón de cocomir, sobre el que poder apoyarse para disimular el vencimiento de su cuerpo, por los daños sufridos en el accidente; aunque no era especialmente mayor se podía percibir el abatimiento que le doblegaba.
Siguió caminando otro trecho más, hasta llegar a las primeras rocas del acantilado, donde se detuvo dejando sus zapatos sobre la arena,  se sentó, coloco el bastón entre sus piernas y se reclino sobre el con su barbilla sobre el revés de sus manos que presionaban asidas al extremo superior del báculo; quiso con todas sus fuerzas  recordar el tacto y el calor al coger su mano mientras paseaban como lo había hecho durante tantos años, sobre aquella pequeña cala, en miles de atardeceres, acompañado de ella, sintió nuevamente la brisa sobre su largo cabello casi plateado y con ella, quiso alcanzar a oír sus palabras como si estuvieran en el ambiente las conversaciones que mantenían planteando proyectos a los cuales ella se aferraba con la ilusión en los ojos, aquella ilusión que siempre le desbordaba y que le hacía ser una mujer fuerte, valiente, comprometida con todo y con todos, una luchadora constante que el nunca dejo de admirar y que le dio tanto…
Su mente volvió a la realidad y llego a tiempo para fijar su vista en el horizonte donde el mar se besa en frenesí constante con aquel cielo, ese cielo que se revelaba dorado, fundido en nubes que absorbían los últimos rayos de luz de un astro eterno que jugaba a burlar las miradas, escondiéndose en una inquebrantable e irrevocable caída al confín del infinito horizonte; absorbido por la belleza que enfrentaban sus ojos se volvió a perder en el tiempo de los recuerdos, sus pensamientos volaron,  volaron a ritmo tan vertiginoso que le hicieron sentir un estallido de dolor en su sien, puso su mano en el rostros estimulando con sus dedos índice y pulgar sus ojos en un suave masaje, mientras esperaba la llegada del alivio y este apareció, de la mano de aquella imagen, la de ella, caminando por la calle hacia él,  los  libros arropados con sus manos sobre su pecho y aquel caminar que le atrajo y paralizo hasta que llego a su altura mientras inmovilizado, cruzo su mirada para percibir aquella cálida sonrisa que le acompañaría durante el reto de los años de su vida.
Recordó los tiempos en que se divertían juntos, fomentando en amor que les unió, con juegos de adolescencia de cortejos desmedidos que rallaban casi lo cursi, pero que a fin de cuentas fueron suyos de los dos, eran jóvenes y jugaban al amor.
Recordó los días de pasión en aquellos primeros años, los besos robados, las caricias íntimas, el júbilo, la felicidad y hermosas noches de placer, que le llegaban a borbotones en fugaces efigies virtuales produciéndole una ansiedad desmedida que le ahogaba cada vez más y más y que le abatía a cada golpe de segundo, a cada instante de recuerdo.
Paseo sus recuerdos  por los años de matrimonio por el duro trabajo diario, ella fue una incondicional, un apoyo de gentileza con su entrega y con su lucha, un huracán que lo absorbía todo, una fuerza que lo acompaño en aquellos días hasta el final, mientras formaron un hogar y una familia; luchando por lo material, por su bienestar, recordó la llegada de los hijos, como ella fue una madre que preño de coraje y amabilidad a sus hijos que trabajo hasta sus últimos días dando cada gota que le quedaba de su amor por ellos.
Volvió a la realidad, abriendo sus ojos que estaban fijos en el horizonte, el dorado de aquel cielo que aún se conmutaba en su menoría, se perdía asfixiado por un negro rotundo que consumía con la paciencia los rayos de luz uno a uno sin piedad hasta precipitarse en la noche, noche sin el encanto plateado que le daba aquella luna llena, inexistente, que en los días que se manifestaba aprovechaban las parejas enamoradas para mirar, mientras se proporcionaban arrumacos de amor a la orilla de aquel mar que olía a salitre húmedo, cantaba su melodía constante sin cesar, dirigida por la batuta de una brisa perenne y era testigo de infinitas promesas e ilusiones de amor.
El ultimo destello se perdió, miro a su lado, sintió su falta y apareció aquella sensación que arrastraba las últimas semanas, callado se preguntó ¿por qué?, ¿por qué? tanta lucha, tanto trabajo, tantas horas de sacrificio si ahora con  la perdía de ella, volvía la soledad  golpeándolo con todas sus fuerzas, maltratándolo todos y cada uno de los días, dejándolo sin la más mínima gana de afrontar el siguiente y con la sensación de haber perdido tiempo, mucho tiempo para dedicárselo a ella, se arrepintió y maldijo el no haberle dicho todo los te quieres del mundo, de no haberle demostrado a cada segundo su amor y su aprecio y su agonía le entristecía y abatía hasta no querer vivir más.
¿Por qué no nos damos cuenta hasta el final del camino del tiempo que no hemos aprovechado durante su recorrido?  

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