El Charco



El sol con sus rayos golpeo el charco
con la fuerza de la nada le forzó el daño
que despedido en refracción
y en mis ojos llamo la atención;
agachado, con mi dedo toque el cristalino
que se fue huyendo por todos los caminos
con un balanceo más fino que divino
de mínimos saltos confusos;
esperando la tranquilidad de la convulsión
vi mi imagen plantada,
contemplando como yo agachada,
el final de la excitación.
Ya vuelve el agua a ser espejo
tranquilo remanso de serenidad,
ya puedo ver la cara de este viejo
en su juego coqueto con la ansiedad,
el rostro debajo, hundido en la profundidad,
me mira con la fuerza penetrante
y esa pizca de  seriedad constante
que adivinan la inquietante fuga de felicidad;
mi mano en vano quiere borrar
ese rostro que no me deja de mirar,
con los miedos encajados
de perseguir sueños frustrados;
clavo la uñas en el húmedo cieno
de esta pequeña metáfora de mar,
cierro mi puño y veo escapar,
el barro entre los dedos de mi mano
cual torbellino submarino,
que enturbia el cristalino
la imagen se disipa en el charco
como la noche desplaza al día,
llenandola de negra melancolía,
de ilusiones trabajadas,
en apotemas prendidas,
que se fugaron con mi aliento;
ahora se posa la tormenta de estos sedimentos
en tanto encuentra la calma el movimiento,
mientras surge la imagen
y reflexionan mis pensamientos:

“No luches contra la tormenta de tu ser
 pues solo el paso del tiempo, te hará comprender”.

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