Perdido



Era una mañana temprano, en un despertar de una maldita noche de sueños, mezclados
con un matraz de alquimista iluso que ensaya formulas volátiles que se pierde en viajes irreales sin encontrar la salida a la luz, esa luz tras  la cual caminas y nunca alcanzas, nada más que cuando tus sentidos se posan en la realidad de tu despertar; después del ensayo de noche, sales a la calle sin rumbo, en un paseo de somnoliento cansancio y conforme caminas y vas despertando, se aparece ante ti el desperezar de una ciudad dormida, callada, en la más mística soledad, con esa tenue luz que te va avisando del amanecer, del sol que se expande en imaginario recorrido mientras posa sus manos como el mejor pintor de paisajes, sobre su gran lienzo gris.

El recién llegado otoño, joven y madrugador, se hace presente, invadiendo con sus hojas marchitas que corren en rojizas líneas dislocadas empujadas por la suave, pero fría y penetrante brisa de un viento que me envuelve erizando el bello de mi cara, mientras camino bajo las acacias en llorona defoliación, el suelo húmedo por las gotas del roció adivina la calle, tan solitaria a estas horas y yo camino sin senda, sumido entre el equilibrio de mis pensamiento y de esa música que me acompaña, que me lleva de puntillas sin apenas darme cuenta, mientras va impregnando de corcheas alineadas y juguetonas cada paso que doy.

Hace tan solo tres horas y ya no recuerdo la melodía, pero si la fugaz y temporal expuesta de mis pensamientos, que acariciaban mi corazón, recordándome una y otra vez la angustia de la noche en soledad, sin tu ansiada presencia, con el agravante de estar en una ciudad desconocida, una cama extraña, que no logre calentar, ni con aquel sueño de bureta cristalina
para mezclas ilógicas que goteo durante toda la noche y que tan pronto me hizo despertar, para pasear junto a estos destellos de soledad que iban y venían mezclándose con la música, que me acompaña en un baile de armonías en el que estabas  tú, tu figura, danzando junto a mí, abrazados en un excitante bolero que me permitía intuir tu aroma, tu fragancia y diluirla en todo mi ser; me perdí en pequeñas, estrechas y a la vez mas que solitarias callejuelas de esta ciudad, en mi transito confundido volando hacia ti, en imaginario acariciado de tu espalda casi sintiendo el tacto de tu piel en la yema de mis dedos, esa inconfundible mezcla  de sentires que surge cuando los terminales nerviosos de mis dedos transmiten a ni celebro y reacciona en mi corazón.
Que lujo, paseando casi sin consciencia, sin advertir mi camino, ensimismado  en mis pensamientos, colonizando esa dulzura remanente de tu imagen, que me va invadiendo, arrastrándose por mis venas mientras calienta el grana de mi sangre ayudándome a superar tu ausencia.
 Y ahora sentado aquí en esta fría terraza de la primera cafetería que despertó en la ciudad y con los primeros rayos de ese sol triste de otoño, pero que hoy se muestra vivo dando muestra del principio de un espléndido día de fiesta, junto a un café doble que saboreare sin dejar de pensar en la ansiedad de tu falta y seguiré contando las horas, los minutos, los segundos que me faltan para estar junto a ti.

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