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Un Golpe de Suerte




Se vistió con su mejor ropa, salió, lo buscaba a él.
Caminaba por las calles oscuras a la luz de las farolas entre las sombras de los arboles pasando su mano por los coches aparcados junto a la cera, mientras sus pensamientos volaban por encima de la ciudad, tan alto que le costaba horrores mantenerlos unidos.

Camino como de costumbre entre la gente que aquellas hora era más bien poca y como de costumbre llego a la altura del bar, su refugio nocturno.
Se sentó en la barra del bar, pidió lo mismo de cada noche, Gin con limón y de nuevo comenzó a esperar con una ilusión que le caracterizaba, ojeando de vez en cuando la puerta del establecimiento mientras consumía a pequeños sorbos su bebida.
Al cabo de  una larga hora de espera, su corazón cada vez latía más deprisa, ansioso y desesperado presintiendo el final de aquella noche,  otra noche más, mientras sus largas y delicadas uñas pintadas de azul cielo a juego con su vestido de gasa azul balloons de hombros caído, sonaban de una manera muy acompasada que poco a poco iban incrementando su ritmo y fuerza un sonido cada vez más irritante.
Pasó otra hora, y una lágrima se deslizó ligeramente sobre la piel de su delicada mejilla, arrastrando  el rímel que acompañaba sus vivos ojos de un azabache profundo; su corazón comenzó a decirle que esa noche tampoco aparecería, sus preciosos ojos se tornaron llenos de una mezcla de tristeza y rabia contenida.
Avergonzada y derrotada por sentirse absurda de llevar tanto tiempo esperando a esa persona que nunca llegaba, burlada en lo más profundo un día mas, se dispuso a coger su chaqueta y salir de aquel bar, solo quería estar sola, volver a dejar sus pensamientos sueltos recordar los días de felicidad, las noches de pasión y alejar la soledad.
De repente su bolso cayó, cuando intento reclinarse a recogerlo, sintió el tacto de otra persona sobre su piel, lo miró a los ojos y ahí estaba él, alguien nuevo, distinto, diferente sosteniéndole le la mirada y sin soltar su mano proporcionándole una agradable sonrisa, su corazón se aceleró y las palabras no llegaban a sus labios, cuando él le pregunto su nombre mientras le dejaba de pies otra vez y a ritmo vertiginoso le invitaba a tomar algo.
La noche cambiaba su argumento desaparecieron su ganas de soledad y se cayeron sus pensamientos, mientras se dirigía nuevamente a la barra; sintió que llevaba demasiado tiempo aferrándose a algo que no existía, que ya era hora de cerrar capítulos anteriores y guardar ese libro en la estante de su vida y prepararse para comenzar a escribir el siguiente.
Porque a veces no conseguir lo que uno más desea  se puede convertir en un golpe de suerte y cambiarte la vida.

Saber Escuchar



Hace algunos días, me encontraba en un bar de cañas disfrutando de una cerveza fría en su placida terraza, gozando del poco fresquito que corre últimamente por estos parajes, cuando en una mesa contigua  a mi placida situación  se encontraban cinco señores que al parecer y por la conversación debían de ser amigos que disfrutaban de una tarde de liberación familiar, y dada la cercanía pude divisar y escuchar la tertulia que mantenían;  de todos me empezó a llamar la atención el señor de la camisa blanca, con barba de tres días y pelo largo que conversaba  con un entusiasmo fuera de lo habitual defendía  una noticia política de total actualidad, con un desenfreno del verbo que se dejaba notar en el lugar y que se diría que le iba la vida en ello.
A su lado otro señor con polo azul de marca y gafas sobre la cabeza, con similar ímpetu narrador exponía su opinión acerca de lo que exponía su interlocutor y al mismo tiempo que él.
En frente el que parecía más joven de todos pero con menos pelo, Interrumpía constantemente la charla de sus agitados compañeros, al tiempo que reafirmaba sus argumentos expresivos, por supuesto para  el de los más interesantes.
A la derecha de este, y entre él y los dos anteriores, se encontraba el que parecía más atlético con delgada figura piernas cruzadas, pantalón corto y camiseta deportiva que destacaba por su voz más fina y por sus comentarios mas irónicos, siempre expuestos por encima de alguno de los otros oradores, intervenía expresando su opinión por lo vacío y poco contractado de la opinión del  corrillo, al tiempo que señalaba los puntos más significativos de su experiencia en el temal.
El ultimo del círculo tertuliano, el que parecía más maduro por su aspecto y más tranquilo por no hacer tantos aspavientos como los demás, pero no por ello con menos entusiasmo, dejaba sus mensajes en la anarquía de la conversación, intentando ser escuchado.
Luego llego otro compañero el cual portaba un carito silla con un niño de unos dos años, que no paraba de llorar y retorcerse intentando escapar de la prisión  que le su ponía estar sentado en la silla contantemente, el recién llegado, al parecer su padre ni le prestaba atención, saludo sin separar ni un instante el smartphone  de su oído derecho y sin ni tan siquiera entrar ni prestar la mas mínima atención ni al niño ni a la conversación de los compañeros, tal vino tal, se marchó.
Esto  me arrastro a contemplar una situación que se nos presenta muy a menudo en la actualidad y en la que yo mismo participo y es que en la sociedad actual que bien podría llamarse “sociedad de la comunicación” por las facilidades que tenemos para ello, sin darnos cuenta nos incapacitamos para escuchar solo por el mero hecho de constatar que nos expresamos y sabemos más que nadie de nuestro alrededor, por defender nuestra razón sin dar tiempo a “escuchar” las que nos exponen los demás.
Y esto se ve muy a menudo en los medios de comunicación en tertulias y programas de debate en los que los tertulianos son incapaces de dejar terminar la exposición del contertuliano sin interrumpirlo para imponer su razón, produciéndose el caos en la moderación.


El Saber De La Experiencia

Seguramente si me miro desde fuera podría pasar por un gruñón empedernido, al que le molesta casi todo, a si posiblemente sea como me ven mis primogénitos y en parte la razón se les puede aplicar, solo que cuando uno es joven le cuesta comprender a los que de alguna forma, intentan forjarles algún valor desde la poca experiencia que adquieren al  haber recorrido un trecho más largo que ellos en el camino de la vida, eso no significa que seas más inteligente ni sabio pero sí que tienes mayor experiencia, por eso cuando ves las situaciones que se pueden presentar las reconoces y generalmente estas más preparado para actuar sobre ellas.
Esto en algún tiempo se me pudo aplicar a mí, seguramente tuve una etapa de mi juventud en la que me creí autosuficiente en todo, hasta que comprendí que mis educadores no me negaban ni reprochaban mis actos para fastidiarme o por pura mecánica, que su fin era corregirme.
Y esto viene a cuento, para recordar a navegantes y aventureros de la vida que quieren emprender caminos solos que detrás de ellos puede haber  alguien que les tienda un consejo y no estaría de más aceptarlo o por lo menos tenerlo en cuenta.
Posiblemente muchos de los errores que cometemos a diario, no serían tales porque siempre hay alguien que paso antes por la situación y te hablará desde la experiencia, sobre todo si ese alguien te quiere y se preocupa por ti.


Madurez

Cuando despierta una flor es que ha alcanzado su madurez, no es antes ni será después.
El momento preciso, llega en el instante preciso, porque la flor ha alcanzado su transcendental madurez.
El sueño es constante y solo despertamos con la madurez, disfrazada de experiencia y regada de conciencia.

Instante


Cuando miro atrás, nada de lo que contemplo importa. Cuando miro hacia adelante, nada de lo que percibo existe…
Lo pasado, pasado esta no se puede cambiar, del futuro solo me queda esperar, el presente lo estoy conociendo y huele a jazmín del patio de mi vecino.
Quiero ser como el gato que está en el tejado que no le importa su siguiente paso se levanta se da la vuelta y se vuelve a sentar, conforme me venga la vida la voy a tomar.
Bueno que suerte va a tener el gato se acerca una gatita, su futuro tendrá compañía, por lo menos unos instantes…

Un Mal Sueño



De repente apareció la conciencia, acompañada del sonido que surgía de aquel radio despertador, afincado tantos años en su mesita de noche, le crucificaba los tímpanos y atravesaba la razón, estiro su mano girando sobre si en su lecho y golpeo hasta parar  la fuente estridente silenciando de una vez aquella insoportable melodía.

 Abrió los ojos con dificultad pues estaba muy oscuro, noto un sudor profundo y un calor constante en su cuerpo y supo ciertamente que tenía fiebre, esto le llevaba al delirio a una sensación que ya había vivido; no obstante, trataba de ordenar sus pensamientos, intentando fijar la mirada en el techo de su habitación, mientras sus ojos se acostumbraban a la poca luz del ambiente, contemplando las pequeñas manchas de humedad en la pintura, su delirio le hacía imaginarlas como pequeños demonios volando, con sus cuerpos antropomorfos, hacia él.
Ahora trataba de no ser presa de la alucinación, de no perder de lejos la realidad mientras desvía instintivamente la mirada del techo y fijándola en el radio reloj, observa con mucha dificultad los números rojos del conjunto,  “4:35 p.m.”
Se levanta con la pesadez y los escalofríos de quien sufre de fiebre.
 Logra arrastrar sus pies hasta la cocina mientras prepara a tientas un café caliente, se sienta a la mesa y toma casi tembloroso un sorbo del brebaje, mientras dirige su mirada a  la ventana y de repente sus ojos se ven cegados por una intensa luz roja que explota en el horizonte tras de las montañas y que ciega sus ya maltrechos ojos, el aparta rápidamente su mirada mientras los cubre con sus manaos, siente el dolor oblicuo que atraviesa sus pupilas para estallar en su cabeza a la vez que sale una maldición de sus labios.
Cuando  logra recobra la estabilidad de sus sentidos, el instinto le devuelve la mirada a la ventana; ¡no puede ser no… está sucediendo¡ la luz se acerca a gran velocidad mientras en su interior  puede distinguirse cada vez más una figura humana que  se acerca con los brazos extendidos los cuales  tienen la forma de alas de águila, con  plumas negras; con una rapidez inusual y atravesando la ventana se sitúa a unos pocos centímetros de él, ten cerca que puede percibir la respiración y distinguir como dicha forma no tiene pies que posar en el firme frio de su cocina, mientras siente el aire del infinito y constante aletear de la criatura.
No se escucha ningún sonido, él se agarra a su sillón con fuerza y nota un viento húmedo atravesar su cara, también su cuerpo mientras desaparece de sus ojos su todas las paredes y muebles de la estancia, las baldosas van cayendo al abismo una tras otra mientras lo rodean sin escapatoria; por fin el ser se dirige a él puede escuchar pero en su mente como le dice… ven, ven, acércate y sígueme…
El siente como su sillón se desploma al abismo arrasrtándolo con él y cae, cae, cae sin parar…