Y de Repente Observo



Y de repente
observo

Una taza de café deprimida
esperando reponer ilusiones,
frente a una mirada con condiciones
y una mujer casi consumida,
junto a un hombre con la mirada lisonjera,
clavada en el horizonte
de algún pensamiento andante.

Tras las hojas de la prensa matutina
que ahogan el desayuno de desventajas,
noticias a disciplina
en flash de mortaja,
hay un hombre impaciente
ajustando la corbata,
parece ahogar sus prisas
y aumentar el recelo pendiente,
con miradas despavoridas
que intuyo subjetivas.

Una madre apabullante,
reprimiendo a un niño irritante,
con su atención,
en algún punto equidistante,
a su precisa emoción.

Murmullo susurrante
de conversaciones aciagas,
meramente sombrías
que ignora  en constante
un joven desarropado,
tal vez desprovisto de pasado,
con el dedo en el virtual y ensimismado
desaparecido del presente,
que yo creo ha olvidado,
mientras estaciona su mente
en cualquier parte de otro continente,
dando la espalda al ambiente
que se estanca tras el brillo de su pendiente.

El señor del fondo se despereza
estirando sus arrugas,
con las manos en la cara
achinando los ojos en desesperada,
mientras asesina el tiempo
cuchillo en mano,
des tendiendo la mermelada
y sobre ella
caen endulzadas,
las agrias certezas
de la soledad añeja.


La rutina es del día
y la vida de la mañana,
perpetúa a porfía
y asentada manía,
en la ajada cantina
de las tres  esquinas;
donde los sueños
están marchitos
y las complicidades
se arrastran por los suelos,
entre servilletas arrugadas
y bolsitas endulzadas,
que del viento de la escoba
fueron olvidadas,
mientras suena, un bolero,
con aromas de buen café
que acompaña a mis escritos,
que esta mañana no tienen fe
y están proscritos.

Imagen: El Bar - Mervin M. Jules

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