Vacío se queda el instante que no olvido.




Vacío se queda el instante que no olvido,
me lo arrebata el tiempo,
recuerdo nuestro juego
desnudando las horas del reloj
acurrucando el destino
en lo que fuiste tu
en lo que fui yo.

Una flor
en la noche ungió su suspiro
tu cuerpo mudo
tu tacto, tu calor,
el sabernos los dos.

Vacío se queda el instante que no olvido,
en el barco que despide al alba
mutiladas y sin asilo
aparecen las mañanas
y en ellas
prematuras y a horcajadas
no siento nada más que tu nada.

La sed
de tu desierto
en mi cama fría,
la sombra que vaga
y atiza la melancolía,
metamorfosis sonámbula
en la ingenuidad de mi mirada,
mi irada,
tan larga
y tan perdida.

Vacío se queda el instante que no olvido
y en su calma
espero
mientras me desequilibro,
desmayando mi soledad
en texturas de imposibilidad.



Realidad.





La realidad,
esa estampida que me sacude
de salvedad.

El poeta hace su barricada en el silencio,
el hombre no entiende de mística
y yo en medio
haciendo piruetas de amor.

Nunca dudes de mi valentía,
si, tu,
la más valiente sombra que dobla la esquina,
esa mascara que arremete mi convicción
y oculta
los ojos tibios que miran al amor,
estos ojos,
cúmulos de talión,
esquirlas hipócritas que voltean
entre diplomas de desespero
y adventicios pactos de rutina.

A veces juego con ella
le cuento mis mentiras,
le obligo a soñar,
indeleble y aséptica,
se revela
ante el oleaje del poeta
que con sigilo se desnuda de hombre
en las largas noches desiertas
donde riguroso cuento las estrella
que a coro cantan a la luna
canciones de derrota inoportunas
y entonces aparece este yo racional
tan maldito
y altanero,
pero también salvador,
para luchar como gladiador
en el teatro del amor.

Y así,
me sacude esa estampida
de estúpida salvedad
que hace improbada
la cruel realidad.






Me retas con tu mirada.



Me retas con tu mirada.
Lánguidas las magnolias permanecen en el jarrón,
estímulos que quiebran
un brindis que desafía el pudor,
quemo la tarde
en lo real de sus limites
que la descifran cotidiana
y te juro que me sublevo
a mi calma sin hambre,
mientras agazapada en mi interior
se me despierta la gana.

Atesoro el deseo
que me ofreces tras tu tanga,
aromas de sexo
que dejo en mí se expandan,
levaduras para mi cordura
fermentan en el menguante
que me reta debajo de tu falda,
delicia generosa
que mi mano hurta
y busca mi boca.

Metáfora de noche
cielo que pinta mi lengua,
caricia sin tregua,
estrellas que gimen,
luna que tiembla.